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lunes, 23 de enero de 2012

El sabor de Agua Dulce



Escribe: Jorge Páucar

En Agua Dulce ya no se come cebiche en bolsa ni se toma sopa en botellón. Tampoco se escucha a Los Nosequién y los Nosecuántos. Este verano, la gente mientras escucha a los Hermanos Yaipén, Grupo 5 o Juaneco; los Quispe (los Huamán, los Páucar, los Astocaza, o sea el Perú de todas las sangres) gozan también del vacilón con el popular "Tricolor".
Se trata de un suculento plato que reúnes varios potajes en uno (tallarines rojos o arroz con pollo, papa a la huancaína  y cebichito). Dicen sus promotores que es ideal para matar el hambre tras el clásico chapuzón dominguero post resaca.
"Tío, ¿no desea probar uno? Está a seis soles y ya me quedan pocos", nos dice sin paltas el chibolo que reparte, mismo mozo pero sin corbata micho, estas delicias de la criollada peruana, inigualable  creación de algún "Gastón del combinado" que habita el litoral limeño.
Sin embargo, la gentita que prefiere la sazón de la casa llega con olla en mano.  Dos sillitas sirven para colocar el menú de la tarde y atender el voraz apetito del clan.
"Hoy trajimos, de entrada, tiradito de pejerrey y, como plato de fondo, escabeche de perico. Sale más económico para darle de comer a esta manchaza", nos comenta doña Felícita, norteña de pura cepa. Es fin de semana, a mediodìa, la temperatura va cada vez en aumento. Agua Dulce, ese lugar donde el Perú de todas las razas se entremezcla como en el pedidazo plato "Tricolor", recibe a miles de veraneantes que han llegado de todas partes para disfrutar de la arena y sol, aunque no del mar azul. Más que una playa, Agua Dulce es una feria con ofertar para tutilimundi, que tiene o no el bolsillo de cajero automático.
"Siempre vengo acá desde niño. Vivo en el Rímac y regresar en el verano aquí es también evocar esos años que se fueron, como aquella vez que me robaron mi pantalón y tuve que volver a casa en ropa de baño", recuerda Richard, un moreno cincuentón con chela en mano que aprovecha para saludar la vuelta de su Atlético Chalaco, ahora convertido en Total Chalaco. Más allá, los niños viven su propia fantasía. Esos chibolos que viven en modestos "depas" o casas alquiladas son felices -por unos minutos- construyendo sus castillos o enterrándose debajo de la arena, saltando o jugando fulbito con la mancha del barrio. "Podría irme a otra playa pero Agua Dulce tiene su encanto. He ido a las del sur, pero no me siento yo. Demasiados blancos para mi gusto. No sé cómo Tongo dice que pega en Asia", afirma Waldir Rojas, con su look canero y una pinta de palomilla de ventana.
"Esta playa es de cholos, hermano, a mucha honra, y también de choros. Tienes que cuidar bien tus cosas", agrega otro veraneante.  En tanto, la oferta y la demanda no cesa en un día playero Las cervezas se venden al toque para aplacar la sed de los cheleros. La "chancha" funciona a la perfección. Los churros de a dos soles salen calientes con más arena que azúcar. La tía Pancha raya con sus pancitos de yema que vende en su triciclazo, que mete sin roche a la orilla.Los que alquilan sombrillas y sillas tambièn hacen su agosto.  Cobran cuatro lucas por cinco horas. "La crisis mundial nos ha afectado a todos", nos explica este vendedor angurriento con unos aires de broadcaster cabecero de la avenida Arequipa.
Un día se pasa rápido en esta playa. Hay de todo como en botica o el jirón de la Unión. Las horas se van volando. Eso lo deben sentir más que nunca los tortolitos que, pese al gentío, se dan besos con sabor a sal y disfrutan de su amor intensamente. Ese es el sabor de Agua Dulce, ese es mi Perú.

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